25 de octubre de 2014

Roca Sensum II...


Tenía pendiente escribir sobre mi experiencia con la nueva ducha de mano Roca Sensum y de hoy ya no pasa...

Finalmente tuve la inmensa suerte de ser elégida por trnd para formar parte del grupo de mil personas que probarían gratuítamente esta ducha de mano. Una ducha, que como ya expliqué en esta entrada, dispone de cuatro funciones diferentes que se adaptan a las necesidades de cada momento.

23 de octubre de 2014

Como un pastor sin ovejas...


 Sólo dos años hace hoy que te fuiste, aunque a todos nos parezca que ha pasado una eternidad...


Insistes en acompañarme hasta la parada del metro... "Así salgo un poco de casa y se me pasa antes el tiempo", me dices...

Apoyado en tu bastón, ese que desde hace ya algún tiempo has comenzado a utilizar porque tus rodillas se niegan a caminar con soltura, nos dirigimos lentamente hacia la cercana parada del metro. De vez en cuando tengo que detenerme durante un momento para no dejarte atrás, pues esa manía mía de caminar siempre a toda velocidad, aunque no tenga absolutamente ninguna prisa, hace que no puedas seguirme el  ritmo.

Nos habíamos pasado casi todo el día rememorando el pasado... A ti te gusta recordar cuando os conocísteis, siendo aún unos niños, y como cada vez que pasabas delante de su puerta, conduciendo al pequeño rebaño de ovejas que tenías que cuidar, ella se burlaba de ti, por larguirucho y desgarbado, y tú le respondías lanzándole piedras que recogías del suelo.

Algún tiempo después empezasteis a miraros con otros ojos y ya, en la adolescencia, os cogisteis de la mano y no volvisteis a soltaros jamás.

Ahora tu mano se extiende como siempre, intentando encontrar la suya, pero sólo es el vacío lo que consigues atrapar. Y te sientes perdido... Me dices que vivir ya no tiene sentido para ti y de nada sirven las palabras que te digo y la esperanza que intento transmitirte de nuevo. Y una vez más recuerdo lo que tantas y  tantas veces me dijo, cuando sabía que el final se acercaba, porque tú eras su única preocupación. Me pedía que cuidáramos de ti y que no te dejáramos solo porque sabía que tú, sin ella, no serías nada. Quería que no olvidáramos que siempre fuiste, por encima de todo, un hombre bueno.

Pero yo no necesitaba que me lo recordara porque aún tengo grabados en mi mente aquellos momentos de mi infancia en los que tú siempre estabas presente. Cuando me apostaba como un centinela en la esquina de la calle donde vivíamos, para verte venir del trabajo subido en tu bicicleta, y como al llegar junto a mí te bajabas, y levantándome en alto me sentabas sobre el sillín mientras tú caminabas al lado conduciéndola del manillar hasta nuestra casa. Y aquellas frías noches de invierno, en las que siempre te dabas una última vuelta por nuestra habitación, para cerciorarte de que no nos habíamos destapado, y remetías las mantas debajo del colchón formando con ellas una especie de saco para que estuviéramos más calentitos. O cuando todas las noches te sentabas en el borde de mi cama y juntos rezábamos el Jesusito de mi vida...

Son tantos los recuerdos que se amontonan en mi mente que sería imposible poder olvidarlos.

Hemos llegado a la parada del metro y nos despedimos casi en silencio porque ahora ya sobran hasta las palabras. Comienzas a caminar de vuelta hacia tu casa y unos pasos más adelante te giras para decirme de nuevo adios con la mano.

Y yo me quedo observándote... Sintiendo el alma encogida viendo como aquel hombre de mi infancia, tan alto, tan fuerte e indestructible, se ha convertido en un anciano que medio arrastrando los pies intenta seguir caminando por la vida aunque haya perdido el motor que le impulsaba a hacerlo.

Ahora se diría que el círculo de tu vida está ya cerrándose y que has regresado al punto de partida, porque como cuando eras un niño, caminas con tu bastón en la mano aunque ahora, detrás de ti y de tu bastón, no es el pequeño rebaño de ovejas el que te sigue sino la profunda soledad que se te ha pegado a las espaldas...

Siempre estarás en nuestros corazones 

21 de octubre de 2014

Mis historias en el tren III...

 

Se sienta enfrente de mí y con un casi alegre "buenos días" me hace salir del ensimismamiento en el que me encuentro. Y esto me sorprende; no por el hecho de sentarse frente a mí, sino por ese buenos días tan lleno de optimismo que me dedica.

Y todo porque me he dado cuenta, cada vez que cojo el tren de cercanías, como nos reuhimos los unos a los otros. Cada vez que el tren se detiene en una estación y sube algún pasajero, recorre todos los vagones si es preciso hasta encontrar un grupo de asientos, van en grupos de cuatro, en el que no haya nadie sentado. Como si el contacto con los demás nos resultara insoportable y quisiéramos aislarnos totalmente del resto de los viajeros.

Pero este anciano es diferente... A pesar de que el tren se encuentra medio vacío no duda en sentarse a mi lado. A juzgar por las arrugas de su piel calculo que debe de tener más de ochenta años, aunque bien sé que las arrugas no siempre son el reflejo fiel de los años vividos. El poco cabello que le queda es de un blanco níveo y sus ojos, de un color azul cielo, son todo bondad. Su mirada, risueña y brillante, me sorprende un poco pues siempre me ha parecido que la mirada de los ancianos suele volverse un tanto apagada y melancólica, quizás por lo mucho que han visto y vivido a lo largo de su vida. Porque, ¿cuántas decepciones, amarguras y soledades no habrán tenido que soportar?

Comienza a silbar una melodía, que aunque me resulta conocida no soy capaz de identificar, al tiempo que sus labios dibujan una leve sonrisa. ¿Puede alguien silbar y sonreir al mismo tiempo? Él lo hace...

Mi mirada, sin poder evitarlo, se va derecha a sus manos. Las manos de los demás siempre me han fascinado y es una de las primeras cosas en las que me fijo cuando conozco a alguien. En las manos y en los ojos.

Él las tiene grandes aunque un poco apergaminadas ya. Las ha colocado sobre su regazo y de vez en cuando entrelaza su dedos durante unos segundos apretándolos firmemente. Como si fuera la mano de otra persona la que estuviera oprimiendo tratando de infundirle ánimos o de transmitirle todo su calor y su afecto. O quizás sea simplemente a si mismo a quien trata de traspasarle toda su energía. Como si dentro de él convivieran dos seres diferentes y el uno quisiera recordarle al otro que no está solo, que tiene una mano amiga en quien apoyarse y en quien confiar.

El bastón, con el que se ayuda para poder caminar, descansa indolente en el asiento de al lado. De vez en cuando le dirige una rápida mirada como para cerciorarse de que sigue ahí, esperando de nuevo que se ponga en pie y poder continuar sirviéndole de ayuda y sostén.

De uno de los bolsillos de su chaqueta saca un viejo pañuelo a cuadros de color azul oscuro y se lo pasa por los ojos como queriendo eliminar de ellos todo rastro de amargura. Y es que por un instante, cuando dejó de silbar para hacerlo, me di cuenta de que su mirada se había transformado y que ya no quedaba en ella ni rastro del brillo que tenía en el momento de sentarse a mi lado. Ahora puedo ver que sus ojos desprenden una nostalgia y tristeza infinita.

Me mira de nuevo, esta vez sin sonreir, y me dice:

- Yo ya he llegado al final del camino y mi tiempo se ha acabado. No desperdicies el tuyo porque los años pasan volando...

El tren se detiene en la siguiente estación y poniéndose en pie coge su bastón, se apoya en él, y desciende del tren lentamente dejándome con la incertidumbre de si aquello ha sido real o una simple jugada de mi mente...



1 de octubre de 2014

La amistad...



 
No hace mucho me comentaba una amiga que ella, por su experiencia, pensaba que la amistad era casi imposible que durara para siempre.

Con argumentos traté de hacerle entender que yo sí creía en ella porque la vida me había demostrado, a lo largo de todos estos años que llevo ya acumulados, que sí que era posible sentir a alguien amigo para siempre. Porque para mí la amistad, más que un ser, es un sentir. Alguien no es tu amigo, sino que lo sientes como amigo.

La amistad es uno de esos sentimientos que casi siempre, e inevitablemente, va evolucionando a través del tiempo. Unas veces para ir consolidándose, hasta convertirse en algo casi indestructible, y otras, por el contrario, para enfriarse, llegando incluso a apagarse.
Los amigos son aquellos que comparten con nosotros una parte o a veces todo el camino. Un camino con senderos alternativos a derecha e izquierda del principal, a través de los cuales se incorporan nuevos caminantes o se alejan quienes iban a tu lado.

A veces, mientras caminamos juntos, podemos sentir que hay algo especial que nos une a una persona y es entonces cuando compartimos con ella nuestras penas y nuestras alegrías, nuestras esperanzas y nuestros sueños... Pero puede llegar un momento en el que, ya sea por propia voluntad o porque la vida así lo dispone, no nos queda otra alternativa que tomar uno de los senderos laterales y alejarnos para siempre de esa persona con la que tan unidos nos sentíamos. Y el tiempo, y la distancia, poco a poco van convirtiendo en un dulce recuerdo a veces, y en otras en uno casi amargo, o lo que es peor, simplemente en algo que ya nos resulta totalmente indiferente, todo lo que vivimos y compartimos juntos.

Esto nos pasa a lo largo de nuestra vida una y otra vez con las personas con las que nos relacionamos, pero hay una gran diferencia entre unas y otras y ahí es donde entra la distinción que yo siempre hago entre los amigos y los AMIGOS. Existe una barrera que separa a los unos de los otros y es quizás la de la sinceridad y la de la confianza mutua.
Los que se pierden por el camino son los amigos porque nuestras vidas han tomado rumbos diferentes, y sabes que aunque no vuelvas a verlos nunca más siempre los recordarás con cariño pero sin nostalgia. Son aquellos con los que compartiste buenos momentos pero con quienes la amistad no fue capaz de superar el paso del tiempo. Por el contrario, los AMIGOS, jamás se pierden porque estos llegan a tu vida y se quedan  para siempre. A veces no físicamente pero sí en lo más profundo de tu alma.

Es verdad que muchísimas veces, y por circunstancias ajenas a nosotros, la distancia puede separarnos y hacer que perdamos incluso el contacto durante años, pero nunca llegará el olvido. Y de darse el caso de que nuestros caminos vuelvan a cruzarse, la amistad se retomaría en el mismo punto en el que se dejó. Como si no hubiera habido tiempo ni distancia por medio, en el reencuentro sientes que está ahí de nuevo, y la amistad, que incluso pudiste llegar a pensar en un momento determinado que había muerto, en realidad no era así sino que simplemente estaba dormida. Por eso despierta con todas las ganas de recuperar el tiempo perdido y como en un torrente afluyen miles de recuerdos y vivencias compartidas, junto con miles de preguntas que buscan las respuestas que llenen el vacío que dejaron los años.

Si tuviera que definir qué es para mí un AMIGO, diría que es aquel que siempre sabe estar ahí. Para compartir alegrías y buenos momentos, pero también para tenderte una mano cuando lo necesitas. Aquel que no sólo te halaga y te dice lo bien que lo haces todo, sino que te hace ver cuando te equivocas y estás cometiendo un error; quien jamás te deja sin respuestas, aunque sepa que esas respuestas no serán las que tú esperabas.

Valoro la amistad más por lo que dice que por lo que calla. Porque si alguien te quiere de verdad, jamás callará por no ofenderte o por comodidad, ni tampoco por no perder tu amistad. La amistad no es calculadora sino expontánea; no recurre a ti sólo cuando lo necesita sino que también lo hace por el único placer de compartir un rato contigo; no es un Guadiana que aparece y desaparece según sus propios intereses, sino que fluye constantemente. Unas veces con un caudal desbordante y otras con apenas agua, pero siempre, siempre, con fluidez. Y por encima de todas las cosas un AMIGO es alguien que perdona y olvida, porque sólo con el olvido llega el verdadero perdón...